Soy música, fogón de poesía, luminosa oscuridad, palabra, esencial melodía. Soy el que observa y no el observado. Shiva y Tonatiuh son el uno.
lunes, 11 de marzo de 2019
Dias, tardes, noches en el núcleo de la viscosa soledad.
El tejado es el mismo: bloques esponjosos de nubes grises
y sucias.
Ya es común que el sol arroje sus flemas que derriten los
rostros, los brazos como masilla.
Bronceado gratuito es un decir: cáncer de piel, y del alma,
ni hablamos.
A veces, lo único que sé hacer, es soplar mi armónica y agitar
a los perros para que aúllen toda la maldita madrugada.
(he visto arder sus ojos rojos de lobo primitivo, y hermanarse
con la manada de las azoteas contenidos por cercos de poderoso
hierro.)
Vivo al día en una casa que no es mía: vivo la futura muerte que
juega a ser de juguete.
Pero cuando oigo la voz de este cuerpo, siento la húmeda tierra
negra cerca, muy cerca.
¿Que ya viví lo suficiente para que la hacienda me arrebate el sostén
de la cuenta bancaria mordisqueada por los impuestos?
¡Entendí, hace unos ratos, el cobro de uso de suelo por ocupar este
espacio vital!
¡Un tanque de Prana, pero ya!
Yo que mordisqueé los cartílagos de los ángeles; yo que me hice
un caldo de pellejo de Diablo, no vomité la suficiente santidad y
me intoxiqué con una insignificante briznita azufrosa.
"Cada momento de vértigo es un pequeño infarto cerebral ";
cuando el médico te sorraja esa sentencia, un silencio negro se
teje solo en tus labios y enmudeces por años.
Por esto escribo con los labios dormidos y...
no me queda más que,
cerrar los ojos y esperar.
JC
miércoles, 6 de marzo de 2019
Caí como lágrima en la Tierra Baldía de T. S. Eliot.
"Dejé a la deriva del viento el jacinto que pusiste en
mi mano muerta".
Cómo es que brotó agua de ambos ojos cuando estío
había.
Soles luteranos deshacían las nubes que tu Dios plantó
en el cielo comunal.
"El hombre ahorcado murió de sed", y yo, le ofrecí mis
lágrimas que, por cierto, desdeñó".
Escaleras lujosas dirigidas a las altas ciudades oscurecidas;
sin candelabros son, lugar para las lúgubres almas.
No tiene sentido vivir para una humanidad ya muerta cuya
queja es ¡Ay, vida, no socaves mi fortaleza!
Son cadáveres los gobernantes ideologizados a punta del
zapapico millonario.
La arena planetaria orbitada por moscas salidas del eructo
de las hembras que decidieron comer a sus críos, también se sumaron a los
fuegos del Apocalipsis.
"<¿Qué es ese ruido?>"
El viento bajo la puerta.
<¿Qué ruido es ese ahora? ¿Qué hace el viento?>
Nada nuevamente nada.
<¿No?>
JC
Caí como lágrima en la Tierra Baldía de T. S. Eliot.
"Dejé a la deriva del viento el jacinto que pusiste en
mi mano muerta".
Cómo es que brotó agua de ambos ojos cuando estío
había.
Soles luteranos deshacían las nubes que tu Dios plantó
en el cielo comunal.
"El hombre ahorcado murió de sed", y yo, le ofrecí mis
lágrimas que, por cierto, desdeñó".
Escaleras lujosas dirigidas a las altas ciudades oscurecidas;
sin candelabros son, lugar para las lúgubres almas.
No tiene sentido vivir para una humanidad ya muerta cuya
queja es ¡Ay, vida, no socaves mi fortaleza!
Son cadáveres los gobernantes ideologizados a punta del
zapapico millonario.
La arena planetaria orbitada por moscas salidas del eructo
de las hembras que decidieron comer a sus críos, también se sumaron a los fuegos del Apocalipsis.
"<¿Qué es ese ruido?>"
El viento bajo la puerta.
<¿Qué ruido es ese ahora? ¿Qué hace el viento?>
Nada nuevamente nada.
<¿No?>
JC
martes, 5 de marzo de 2019
Gustav Jung, uno de los fundadores del moderno psicoanálisis, solía decir que todos nosotros bebemos de una misma fuente. Lo explicaba mediante una teoría que se remontaba al trabajo de los antiguos alquimistas, que denominaban a esta fuente el “alma del mundo” (anima mundi).
Según esta teoría, durante toda nuestra vida intentamos ser individuos únicos e independientes, pero una parte de nuestra memoria la compartimos con toda la humanidad.
No importa a qué credo o a qué cultura se pertenezca: todos buscan el ideal de la belleza, de la danza, de la divinidad, de la música.
La sociedad, sin embargo, se encarga de concretar cómo estos ideales van a manifestarse en la realidad diaria. Por ejemplo, hoy en día el ideal de belleza consiste en estar delgada, mientras que hace miles de años las imágenes de las diosas eran gordas. Lo mismo ocurre con la felicidad: hay una serie de requisitos que, de no cumplirse, no nos permiten aceptar conscientemente el hecho de que tal vez ya somos felices.
Tales requisitos no son absolutos, y cambian de generación en generación.
Jung solía clasificar el progreso individual en cuatro etapas: 1la primera era la Persona –máscara que usamos todos los días, fingiendo lo que somos. Pensamos que el mundo depende de nosotros, que somos excelentes padres y que nuestros hijos no nos comprenden, que los jefes son injustos, que el sueño de todo ser humano es parar de trabajar para siempre y pasarse la vida entera viajando. Algunas personas procuran entender qué es lo que no encaja, y acaban pasando a la siguiente fase: 2la Sombra.
La Sombra es nuestro lado negro, que dicta cómo debemos actuar y comportarnos.
Cuando intentamos librarnos de la Persona, encendemos una luz dentro de nosotros, y logramos ver las telas de araña, la cobardía, la mezquindad. La Sombra está allí para impedir nuestro progreso –y generalmente lo consigue, pues nos damos la vuelta y corremos a ser quienes éramos antes de empezar a dudar. No obstante, algunos superan este enfrentamiento con sus telas de araña diciéndose: “Es verdad que tengo algunos defectos, pero soy digno, y quiero seguir adelante”.
En ese momento, la Sombra desaparece, y entramos en contacto con el Alma.
Jung no entiende por 3Alma nada relacionado con la religión. Se refiere a un regreso al Alma del Mundo, la fuente del conocimiento. Los instintos comienzan a agudizarse, las emociones se tornan radicales, las señales que envía la vida son más importantes que la lógica, la percepción de la realidad se vuelve menos rígida. Comenzamos a entrar en contacto con realidades a las que no estábamos acostumbrados, empezamos a reaccionar de una manera que nos resulta inesperada a nosotros mismos.
Y descubrimos que, si conseguimos canalizar todo este chorro de energía continua, vamos a organizarlo en un centro muy sólido, al que Jung llama 4 “el Viejo sabio” para los hombres, o “la Gran madre”, en el caso de las mujeres.
Permitir esta manifestación es algo peligroso. Generalmente, quien llega a ese punto tiene tendencia a considerarse santo, domador de espíritus o profeta.
No sólo las personas usan estas cuatro máscaras: también las sociedades. La sociedad occidental tiene una determinada Persona, ideas que nos guían y que parecen verdades absolutas.
Pero las cosas cambian. En su intento de adaptarse a los cambios, vemos las grandes manifestaciones de las masas, en las que la energía colectiva puede ser manipulada tanto para el bien como para el mal (Sombra). De repente, por alguna razón, la Persona o Sombra ya no terminan de satisfacer, y llega el momento de dar un salto, y comienzan a surgir nuevos valores (inmersión en el Alma).
Y al final de este proceso, para que estos nuevos valores se afiancen, la raza humana entera comienza a captar de nuevo el lenguaje de las señales (el Viejo sabio).
Es justamente eso lo que estamos viviendo ahora. Puede prolongarse 100 ó 200 años, pero todo está cambiando… para bien.
Según esta teoría, durante toda nuestra vida intentamos ser individuos únicos e independientes, pero una parte de nuestra memoria la compartimos con toda la humanidad.
No importa a qué credo o a qué cultura se pertenezca: todos buscan el ideal de la belleza, de la danza, de la divinidad, de la música.
La sociedad, sin embargo, se encarga de concretar cómo estos ideales van a manifestarse en la realidad diaria. Por ejemplo, hoy en día el ideal de belleza consiste en estar delgada, mientras que hace miles de años las imágenes de las diosas eran gordas. Lo mismo ocurre con la felicidad: hay una serie de requisitos que, de no cumplirse, no nos permiten aceptar conscientemente el hecho de que tal vez ya somos felices.
Tales requisitos no son absolutos, y cambian de generación en generación.
Jung solía clasificar el progreso individual en cuatro etapas: 1la primera era la Persona –máscara que usamos todos los días, fingiendo lo que somos. Pensamos que el mundo depende de nosotros, que somos excelentes padres y que nuestros hijos no nos comprenden, que los jefes son injustos, que el sueño de todo ser humano es parar de trabajar para siempre y pasarse la vida entera viajando. Algunas personas procuran entender qué es lo que no encaja, y acaban pasando a la siguiente fase: 2la Sombra.
La Sombra es nuestro lado negro, que dicta cómo debemos actuar y comportarnos.
Cuando intentamos librarnos de la Persona, encendemos una luz dentro de nosotros, y logramos ver las telas de araña, la cobardía, la mezquindad. La Sombra está allí para impedir nuestro progreso –y generalmente lo consigue, pues nos damos la vuelta y corremos a ser quienes éramos antes de empezar a dudar. No obstante, algunos superan este enfrentamiento con sus telas de araña diciéndose: “Es verdad que tengo algunos defectos, pero soy digno, y quiero seguir adelante”.
En ese momento, la Sombra desaparece, y entramos en contacto con el Alma.
Jung no entiende por 3Alma nada relacionado con la religión. Se refiere a un regreso al Alma del Mundo, la fuente del conocimiento. Los instintos comienzan a agudizarse, las emociones se tornan radicales, las señales que envía la vida son más importantes que la lógica, la percepción de la realidad se vuelve menos rígida. Comenzamos a entrar en contacto con realidades a las que no estábamos acostumbrados, empezamos a reaccionar de una manera que nos resulta inesperada a nosotros mismos.
Y descubrimos que, si conseguimos canalizar todo este chorro de energía continua, vamos a organizarlo en un centro muy sólido, al que Jung llama 4 “el Viejo sabio” para los hombres, o “la Gran madre”, en el caso de las mujeres.
Permitir esta manifestación es algo peligroso. Generalmente, quien llega a ese punto tiene tendencia a considerarse santo, domador de espíritus o profeta.
No sólo las personas usan estas cuatro máscaras: también las sociedades. La sociedad occidental tiene una determinada Persona, ideas que nos guían y que parecen verdades absolutas.
Pero las cosas cambian. En su intento de adaptarse a los cambios, vemos las grandes manifestaciones de las masas, en las que la energía colectiva puede ser manipulada tanto para el bien como para el mal (Sombra). De repente, por alguna razón, la Persona o Sombra ya no terminan de satisfacer, y llega el momento de dar un salto, y comienzan a surgir nuevos valores (inmersión en el Alma).
Y al final de este proceso, para que estos nuevos valores se afiancen, la raza humana entera comienza a captar de nuevo el lenguaje de las señales (el Viejo sabio).
Es justamente eso lo que estamos viviendo ahora. Puede prolongarse 100 ó 200 años, pero todo está cambiando… para bien.
martes, 19 de febrero de 2019
^
Ver el aura; el contorno brillante de una flor,
de una persona: de cientos de almas que van,
vienen y mueren.
Nacer para observar en silencio y, después,
callar.
Sentir el viento de un relámpago que aún no
revienta; la estática que eriza los vellos de
la espalda.
Todo resuena , todo cintila, todo vibra; palpita
como el corazón que viene de lejos, de entre
una nube o la luz de un poste con su danza de
polillas.
Ver y dolerse de la grisácea emanación de esa
mujer en la calle que fuma y llora, que llora y cae
en un torbellino emocional sin fin.
Y aquel hombre que se volvió ceniza y se olvidó
el rostro en el escaparate que vendía tristeza.
Somos auras negras y
entre todos, por destino,
montamos el espeso telón
de la noche.
JC
Ver el aura; el contorno brillante de una flor,
de una persona: de cientos de almas que van,
vienen y mueren.
Nacer para observar en silencio y, después,
callar.
Sentir el viento de un relámpago que aún no
revienta; la estática que eriza los vellos de
la espalda.
Todo resuena , todo cintila, todo vibra; palpita
como el corazón que viene de lejos, de entre
una nube o la luz de un poste con su danza de
polillas.
Ver y dolerse de la grisácea emanación de esa
mujer en la calle que fuma y llora, que llora y cae
en un torbellino emocional sin fin.
Y aquel hombre que se volvió ceniza y se olvidó
el rostro en el escaparate que vendía tristeza.
Somos auras negras y
entre todos, por destino,
montamos el espeso telón
de la noche.
JC
domingo, 17 de febrero de 2019
Un disco de Willie Dixon se marea de tanta vuelta
en la tornamesa.
He querido que mi herida sangre lentamente en la
tarde.
Pude haber escogido otro oficio más alejado del
infierno, pero me estafó el destino en el casino del
poker, el tabaco y un atractivo vino.
El amor, en esos días, eran dos animales en una cama
decrépita, ruidosa; rota como la pared venosa de los
corazones tristes.
Cerrábamos los ojos después del orgasmo, y en el
cenicero de la noche, apagábamos el dolor de ser
desterrados, expatriados.
-
El escenario olía a blues, sexo y aserrín; y varias almas
cuchicheaban un lenguaje amargo, negro como la
gangrena.
Una plumilla entre los dientes para tocar con las yemas
de los dedos de la mano izquierda mi guitarra eléctrica,
sobre todo, en esos solos intensos que me hacían llorar
un oleaje imborrable de bravas mareas vivenciales en la
ciudad infertil, sin brisa marina que se se me clavaba
como daga en el pecho.
Entré a un diminuto camerino a atemperarme con unos
tragos.
Temblaban mis piernas enfundadas en cuero negro,
sudaba.
Cuánto alcohol y mota toleraría el templo de mi sagrado
cuerpo:
lo supe delirios más tarde.
-
Odiosas noches en las que se desprendía mi espíritu y se
largaba al cosmos pinkfloydiano con sus constelaciones
'purple haze', sus planetas parlantes, el danzón de multiversos,
y cobarde regresaba al cuerpo como un superman ante la
mortal kriptonita (entiéndase cocaina).
El terror narcisista de descubrir que no era inmortal;
que había creído con fe ciega en el dogma: "a mi no me
pasará un tren encima".
Pero, no existen las tardes ebrias, ni tequileras; los días
deprimentes, el ebrio tequilero y depresivo es uno mismo.
Tampoco los amigos traicioneros cuando uno los enseña a
traicionar.
"Compro parnas para no chupar solo, porque siento pánico
a la soledad".
-
Luz-oscuridad-y las navegaciones circundantes del verano.
No es tristeza lo que cargan las horas aciagas, es el blues
tocando las orillas del alma.
Es tu cuello en mi memoria y los labios besados resonando
lejos.
Tus dedos adelgazaban un cigarro y sonreía el humo en tu
boca.
Yo ebrio, intentaba tomar tu cintura para bailar bajo el cielo
constelado.
Abolimos la pena de muerte de las ciudades para liberarnos
del insomnio y la pesadilla.
Ésa, nuestra noche, la última noche tejida por nuestro amor,
es hoy, la consideración de lo eterno.
JC
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