domingo, 13 de marzo de 2016

                                       Autoría

Ir por la vida con el morral cargado de resentimientos, truenos, tempestades;
el corazón astillado, fracturado, madreado, puteado en arrabales sórdidos, neblinosos, de sentires amargos; por esto el insomnio, las pesadillas: la Tenebra alucinada, porfiada ¡Y uno sin balas de plata, chingá'!
Y luego la banda que cree que unonoensayaunchingo, o selapasarascandoselosgüevos: ¡elbluestambiénestrabajo, valedor!
¡Ah, y recuerdo a los opinadores ilusos e insulsos exigiendo más! ¿Qué quieres Goliat? ¡Contigo no bebo ni sodas! Caí a una cañada y me sangré los brazos; no intenté suicidarme, carnal. Eso me pasó por no palpar el terreno lodoso ¡por pendejo!
Me sobé fuerte. Si, alivié los inflamados ventrículos a pura catarsis honesta; no me anduve con mamadas ¿para qué? Ya sé: casi me carga la verga  la trombo embolia de enero, pero aquí estoy, valedor, echándole voluntad y humildad al peyote, sigo a nivel de cancha: el partido continúa.

JC

miércoles, 9 de marzo de 2016


              ¡Adiós!


Río que corre en reversa.

Volcán que inhala su fumarola.

La mano devorada por sus propios dedos.

El ojo ciego de parpadear.

Me duele la cabeza que no tengo; sueño que vivo,

muero y despierto.

Llueve hacia arriba.

Mi sangre en reversa llena un corazón vacío.

La virtud de los locos, sensibles y torcidos, es vivir

en una caja de madera con piernas de caoba y orejas

de metal tierno.

 Camina de costado por las colinas de su fantasía que no son

 sino nubes de alambre oxidado; paisaje inventado de noche

en sus pre-sueños.

También recorre los túneles-espejo. Pero no es la Caja de Pandora,

es el ancestral caleidoscopio de Alejandría que contenía las Tablillas

de Babilonia, los pergaminos de Constantinopla, los libros de Córdoba,

los códices de Tenochtitlán

El patriarca Teófilo, en su cruzada contra los paganos, destruyó el templo

de Serapis.

La caja se detiene. Empieza a cavar en su propia arteria, la única que conserva

de todo el cableado: oigo voces que me invitan, me meto de un salto.

¡Adiós! Me despido.

JC.




                                         Espejismo      


Dejar reposar los poemas; los anhelos, los propósitos. Permítanme decir: dejar descansar la máscara estos días.
No habremos de frotar dos ramas para obtener fuego, ni salir al frío a comprar amantes. Podríamos aceptar que hemos creído que erramos el camino, pero no fue así. El tonto cumple a la perfección su papel; el ciego, movido por el ruido de sus huesos, abre perfectamente el candado de su noche y se refugia. Tu cabello busca puntual la lluvia de invierno y yo recuerdo qué olvidar para permitir ésta neblina circundante. Nos hemos amado como amamos el hálito de las ciudades; hemos hecho silencio, virutas de silencio, lágrimas de silencio, rincones de silencio: pero al ensamblaje de esta pesadilla hemos gritado el aullido de Ginsberg y no hemos muerto.
Lo eterno sucede en un segundo, pero no lo creemos; contamos los días del calendario prensados dentro de las páginas de un libro de mariposas disecadas; y sentenciamos que esa ha sido nuestra vida, y nos preparamos para entregarla al enmoscamiento sin más, sin haber encontrado la mirada en la luz; así como perros o animales sin voluntad, sin batalla.
Y no defendemos la poesía, nunca lo hicimos ¿para qué ahondar en el alma de la libélula?
Mejor cerramos el changarro de los sentidos y enchiqueteamos el espíritu para que la orilla filosa de los sauces no nos llague la piel o la muerte no nos fastidie el sueño.
Este albañal no es el mundo: es la visión colectiva del terror que compartimos sin descanso; con el que alimentamos a nuestras queridas con piernas de pabilo de cera; el pretexto para acallar el sutil andar del miedo por nuestras espaldas.
 Pero pensamos obsesivos un merecido infierno de mazmorras y torreones; por un simple rumor contrajimos la inmunda peste del pecado y nos condenamos.
¡Liberemos la mente: libertad al alma humana!
¡Es el alba de las espadas de luz
Nuestro el destino!

JC.

viernes, 4 de marzo de 2016

1,2,3.


                                    1

Tengo la voz quebrada, rota como falange de pollo.

He gritado tanto, amor: tanto para que me escuches.

Yo que te cantaba al oído me he vuelto un gritón.

Que grita a la lluvia, que grita de frío; que grita, mujer

ando perdido.

Guíame corazón con tu olfato al perfume del amor:

porque sí: el amor huele a rosas y a carne cruda.

                                      2
 Hoy vi que me caía; que rodaba al vacío sin esperanza.

Oí mi propio estallido de vidrio frágil, como cuando estrellé

la luna de una pedrada.

Vi mis piernas rotas, heridas; sentí dolor y lástima por estas

piernas quietas.

Porque me soñé en una silla de ruedas, tristísimo: sin

alas.

                                            3
  Decidí llevar vida de perro; dormir mucho y hacer poesía.

 Perro poeta o poeta perro consentido, sin quehaceres, libre,

 de pluma fina.

Y ser acariciado por ti, vivir en tus brazos cálidos, sinceros, puros.

  Retozar en el lecho donde duermes y te inspiras para amarme.

  Porque te veo cómo me miras enloquecida, perdida de devoción.

  Seré tu perro poeta, lo he decidido.





jueves, 3 de marzo de 2016

Poema.


                                Alas cenicientas

En la clandestinidad subrepticia crearé un escuadrón de la muerte.

Con kaibiles, sicarios y ex-militares y ejércitos privados.

La consigna será que con sus dagas aceradas de tormenta

rajen toda flor,  toda cosa viva.

Que secuestren, violen, torturen y llenen la boca sus víctimas

con mensajes de alas cenicientas.

Presupuestaré el terror con partidas de dinero público.

Al final el lodo ocultará los cuerpos y los rostros en fosas:

grotesca exhibición de mobiliario fúnebre en un país luctuoso.

Será una dictadura  de pensamiento y obra; de manual infame,

de infame historia.

Y todo irá en reversa: del progreso al retroceso,

de la vida a la muerte.

Por eso las  insignias de hueso en el pecho.

JC.












Poema.


                                      Mascota

Tenemos una mascota. Es un perro pequeño blanco con tres manchas

negras: dos ojos y una nariz.

Duerme mucho en el día y de noche, se cuela entre nosotros, para

sentir calor.

Es juguetón y muerde y ladra como si dijera ¡Vamos inútil,

sacúdete los huesos; qué horas de estar echado a las doce de la noche!

Mi mujer lo nombró Bowie, como nuestro ídolo; pensé ponerle "Beltrónes"

o "Cienfuegos" o "Peña", pero la mujer que me despierta a besos, se molestó

y en verdad, no quiero importunarla.

Me dice que antes de insultarlo lo lleve al baño a hacer sus necesidades.

Los perros tienen alma eterna por eso le aúllan a la luna, la conocen antes que

nosotros. "El Bowie" aúlla como patrulla de juguete; es estremecedor escucharlo.

Un perro falleció al mismo tiempo que mi abuelo, en sus piernas, solos, una noche.

Los enterraron juntos recuerdo, como recuerdo el chubasco que tiró las tejas del

techo y deshojó la jacaranda.

Sentí amor y congoja: el perro regresó al día siguiente, silente, mojado, renacido.

Toda la paz y paciencia que tengo en mi cofre de vivencias, la vuelco en esta

criatura de dos meses y medio.

A veces, solo a veces, me siento viejo y cansado de la vida.

Entonces mi mujer espanta a la mariposa fúnebre y me saca a pasear como al

"Bowie"; me soba el lomo espástico y me da de comer en la boca.

JC



















martes, 1 de marzo de 2016

Poema.




Que tristeza siento por los que lo saben todo.

Dejé atrás el hábito de chupar limones amargos por

mi bien.

Hoy reposo de mi enojo; opto por no discutir si la

marea es baja, si la luna moja o no su panza en el

mar antes de ir a dormir.

No interfiero en los afanes suicidas y mesiánicos de

otros;

sé mucho de locura y con la mía me basta.

Me siento a la mesa en la silla que me dieron a escoger

y observo mi plato antes que a los comensales.

Si se atragantan y mueren congestionados de discursos,

en silencio y en paz voy a su funeral,

pues mis padres me enseñaron a ser compasivo.

Yo solo vendo los libros que escribo, sean buenos o malos

no me importa.

También compongo canciones como si de hornear pan

se tratara.

Eso si que lo disfruto con todo lo que de niño me queda.

Colecciono caballitos de mar perezosos, lluvia en un vaso,

la calistenia de una muchacha bonita, el policía que hurtó

mi niñez y mis arrugas cuando dormía.

Si uno no es más que el tiempo que le queda para dar agua

o beber un beso.

Todo ese castillo de sueños y promesas  se lo lleva el mar como arena,

o con averías en el riñón lo entierran a uno.

Mientras, la amorosa muerte, sella con cera estos ojos

tiernamente.

JC